Biografía no autorizada

Mi pasión por la comunicación nació con mi amor por las palabras. Cuando tenía cuatro años, empecé a asistir a la escuelita de Doña Sila, al frente de mi casa. En la mañana, mi madre “me cruzaba la calle”, y al mediodía, Doña Sila lo hacía de vuelta. Yo llevaba mi sillita de guano y madera en la cabeza, sostenida con la mano izquierda; y un cuadernito y un lápiz de carbón en la mano derecha.

Aprendí a leer muy rápido. No recuerdo qué tanto, pero sí que me paraban a leer en voz alta en medio del aula. Aceleró mi paso en la lectura el hecho de que yo ralentizara el de la calle: cuando salía con mi madre solía quedarme atrás, mirando hacia arriba, leyendo, desde mi mundo pequeño y bajito cualquiera de los letreros que encontraba: “Fe–rre–te–ría Al–mán-zar”, “La-bo-ra-to-rio Cas-ti-llo”… y así, hasta que “la mama” descubría que me había quedado rezagado, y entonces me pegaba un grito y se quejaba porque la retrasaba. En el fondo, ella estaba muy feliz de mi amor por la lectura. Tanto, que todavía lo cuenta con orgullo cada vez que tiene ocasión.


LA AVENTURA DE ESCRIBIR
Cuando me inscribieron en una “escuela de verdad”, el Colegio Fleming, frente a un parquecito muy bonito, me impresioné con todos esos niños uniformados, de azul claro la camisa y azul marino el pantalón. La verdad es que entré en pánico, pues donde Doña Sila yo era “cabeza de ratón”. Aquí no sabía lo que iba a ser. Pronto se supo.

Había aprendido a escribir en letras de molde, y me resultaba imposible hacer la letra efe de corrido, recorrer ese trazo que empezaba en lo que sería luego el medio de la letra, se desplazaba hacia arriba por la derecha, y cuando alcanzaba su cúspide, se devolvía por la izquierda, atravesaba su punto de origen y hacía el mismo recorrido, pero por debajo de la línea del cuaderno, hasta volver a su punto de partida.

A que sí, a que era difícil hacer la efe. Ahora, adultos, nos parece muy fácil y la hacemos de forma natural, pero, ay, cuando chiquitos, ¡qué difícil era hacer la efe de corrido! Mi primera vez, me rajé a dar gritos y hubo que llamar a casa para que mandaran a buscarme al colegio.


EN VOLANDAS CON TARZÁN Y SUPERMÁN
Luego vino la hermosa etapa de los paquitos. Los compraba, los intercambiaba por otros ejemplares en puestos de paquitos, por cheles, o gratuitamente con otros ”adictos”. Los leía y luego dibujaba sus personajes. Leía tantos paquitos que en casa llegaron a prohibírmelos. Pensaban que me iba a volver loco.

Entonces, me acostaba temprano, me arropaba, dejaba la luz encendida y con la claridad que atravesaba las sabanas, allí, escondido, me lanzaba a recorrer la selva, asido de las lianas de Tarzán; a sobrevolar la ciudad atado a la capa de Supermán; a bajar por el batitubo de Batmán, a patrullar Ciudad Gótica en el batiauto, y a superar los peligros del Medio Oriente junto a Kalimán y Solín.

También daba seguimiento a los amores de Archie, a las locuras de Torombolo, a los esfuerzos de La Pequeña Lulú para que la dejaran entrar al club de los niños y a las brujerías de los grotescos Hermelinda Linda y Aniceto.

Pero mi delirio era ”La amenaza elegante”: Fantomas, con sus mil disfraces, su máscara blanca, su cuerpo esbelto, su trajes de licra, las mujeres preciosas y sensuales que le rodeaban en su refugio, siempre en trajes de baño y con nombres tomados del Zodiaco. Este ladrón de obras de arte en cada robo y escape era más espectacular que en los anteriores.

Ya adulto, me enteré de que en México desarrollaron una serie de historietas que mezclaba las vidas de Fantomas y de Julio Cortázar, quien, como yo, él desde París y yo desde mi popular barrio caribeño, admirábamos al fino ladrón enmascarado.


MI PRIMERA EMPRESA DE COMUNICACIÓN, A LOS 9 AÑOS
Llegué a tener tantos paquitos que incluso puse un puesto en la galería de mi casa, con dos “burros” de esos que usaban los billeteros. Me suplía en la librería que estaba debajo del cine Atenas, frente al parque Enriquillo, y en la Librería Amengual, frente al Centro Olímpico.

Mi interés no era mercurial, sino poder leer más paquitos, ya que había leído todos los del barrio. Llegué a comprar 72 ejemplares de una pasada y a leérmelos todos… ¡en un día! Claro, tuve que aguzar el ingenio para poder superar los límites en horas lectura que me habían impuesto mis padres. Se me ocurrió, entonces, meterme debajo de la cama, de día, y leerlos allí, con la poca luz que se colaba.

Mi puesto de paquitos no solo fue mi primera “empresa”, sino también mi primera “fuente de poder”: mis hermanos Tamayda y Oscar tenían que negociar conmigo para que les permitiera leer “mis aventuras”. Si eran malos conmigo, no podían acceder a mi mundo de proezas. A veces, mi madre me imponía el altruismo y tenía que prestarles las historietas, sí o sí. Otras veces, mi hermano mayor, Oscar, los cogía “atento a él”. La única que tenía que portarse bien conmigo, siempre, era la más pequeña de cuatro hermanos. Si no, no gozaba.


LA ETAPA ARTÍSTICA
Cuando ya había leído todos los paquitos a mi alcance, entonces releía los viejos, aquellos que fueran mis preferidos, y luego dibujaba sus viñetas. Llegué a tener tal habilidad dibujando que escogía soportes no convencionales, como hojas de mata de plátano para, con las uñas, plasmar mis “obras de arte”. Así hice mi primer autorretrato, el retrato de mi primo Sandibal, el de mi madre en traje de baño y el mi tía Gisela en bikini.

Tanto pinté y dibujé que tuve la osadía de participar en un concurso de pintura infantil en honor a Jaime Colson, organizado por Nidia Sierra, en la Zona Colonial. Allí pinté a témpera el Alcázar de Colón y a carboncillo la Torre del Homenaje. Por supuesto, ni siquiera una mención obtuve, pues había intentado inscribirme en Bellas Artes, años antes, pero me exigían un mínimo de edad que desde mi mundo chiquito me parecía una eternidad.

A partir de entonces, me gusta el arte desde la perspectiva de la comunicación. Leo libros de diseño gráfico, voy a los museos y pretendo desentrañar cómo se comunican los artistas y cómo el museógrafo comunica la historia que quiere contar a través del montaje de la exposición. También me encanta conceptualizar infografías, hacer presentaciones de negocios y productos editoriales, como herencia de aquellos días fantásticos de mi niñez.


LA VUELTA AL MUNDO CON JULIO VERNE
Paralelamente con la época de los paquitos, vino mi interés por los libros. Empezó con “La vuelta al mundo en 80 días”, de Julio Verne, en una edición de lujo, formato 17 por 22, cubierta dura, papel satinado e ilustrado con dibujos tan realistas que parecían fotografías. Recuerdo aun a esos personajes con bombín y smoking en volandas sobre trineos, elefantes, trenes, buques y cuanto recurso de transporte pudieran usar para recorrer el mundo. En ese libro, vi por primera vez la palabra “picaporte”. Debía tener unos 7 ó 9 años y todavía me llama la atención este significante que no logro asociar con su significado, aunque lo busqué de inmediato en el diccionario.

“La vuelta al mundo…” fue el regalo más bonito que me hizo mi padre, pero también me encantaba que me regalara pistolas que parecieran de verdad. Y el día que me detuvieron en un destacamento policial por “ese delito”, yo estaba feliz, pues la acción policial no hizo más que alimentar más las fantasías que había iniciado con la lectura de los paquitos de vaqueros, protagonizados por los honorables Roy Roger’s, Gene Autry’s, y, por supuesto, el Llanero Solitario, su fiel compañero el indio Toro y su impetuoso caballo Silver.

Esas lecturas me hicieron creerme que estaba en condición de corregirle las tareas a mi hermana menor, y esa labor generó un anecdotario muy simpático entre los dos. Recuerdo que un día le llamé la atención, indignado:

“¡Cómo es posible que escribas ‘pasta dental’ sin s”. Y entonces ella corregía el error, y escribía: “patas dental”. Ya se imaginaran la tanda de burla. Desesperada la niña, para defenderse de este pequeño monstruo, me retó a quien supiera más palabras, yo acepté y empecé el duelo de inmediato:

_“¿Qué significa sedimentador?”, le espeté. Arqueó las cejas, se echó hacia atrás, alzó las manos al nivel de la cara, me mostró la palmas y se defendió: “¡Ah, no, pero no es inglés, no!”


EL SANTO LIBRO
Luego vino la etapa de explorar la Biblia y sus espectaculares proezas, como el rescate del pueblo de Jehová de la esclavitud de Egipto; la increíble historia del niño abandonado y luego gran líder Moisés; la sobrevivencia del Diluvio; la forma más sensual de conocer a una mujer (“Y Adán conoció a Eva, y nació Caín”); los poéticos versos de El Cantar de los cantares (“Oh, si ella me besara con besos de su boca, porque mejores son sus amores que el vino”); los sabios consejos de Salomón en Eclesiastés (“Hay tiempo para plantar y tiempo para cosechar, tiempo de llorar y tiempo de reír…” “Nada hay nuevo debajo del sol, todo es vanidad. Vanidad de vanidades, todo es vanidad”).

Así, me metí en otro mundo de fantásticas historias: Josué, quien se enfrenta a los leones en un foso y los vence; David, quien con su onda derrota al gigante Goliat; Dalila, quien con su seductora belleza hace que Sansón pierda la cabeza, el pelo, y con él la fuerza…


CASI ADULTO, CASI UN COMUNICADOR
Llegó la adolescencia, y con ella, las cartas de amor, los intentos de poemas y las obras de teatro escritas para ser representadas en la iglesia adonde asistía.

Después vino el periodismo, el mercadeo, las relaciones públicas, el correo directo y otras formas de comunicación. En cualquiera de ellas, me ha tocado contar historias, microhistorias, grandes historias, pero historias todas.

No me explico cómo ahora es que los expertos se enteran de que las grandes estrategias de comunicación se articulan en torno a las historias, y hablan de storytelling, frame y storyframe como lo más moderno, como si ese no hubiera sido siempre la clave de la comunicación efectiva, la única forma de vivir del cuento.